10/04/2010

Un erizo francés

¿Existe alguna manera efectiva de contribuir a la promoción de la lectura? Oscar Wilde nos ofrece un valioso consejo que en apariencia va en contra del sentido común: hacer una lista de los peores cien libros. Esto es, en vez de mostrarle a la gente los mejores libros a los que puede acceder, se le presenta una lista de los cien títulos cuya lectura sería una verdadera pérdida de tiempo.

Oscar Wilde tiene razón. Deberíamos seguir su consejo, sobre todo actualmente, donde la oferta de libros es muy superior a la que había en su época. Son tantos los libros a nuestra disposición, que encuentro sensato el prevenir a los lectores de potenciales decepciones.

Alguien podría decirme que, siendo la lectura una cuestión de gustos, sería injusto negarles a los lectores potenciales de un libro el expresar su propio juicio sobre éste, lo cual carece de sentido. Después de todo, si seguimos los consejos de, por ejemplo, los diez libros más vendidos según el New York Times, estaríamos dejando de emitir nuestro juicio sobre todos aquellos libros que quedaron fuera de esa lista.

Yo podría elaborar fácilmente esa lista de 100 libros que no vale la pena leer. Soy un lector voraz, que no puede dejar de leer. En promedio me leo dos libros por semana, contando libros nuevos y relecturas (me encanta releer libros). Esto lo hago a pesar de mi trabajo y a pesar de mis deberes como esposo y padre.

Empecé a leer cuando tenía unos quince años y he mantenido mi ritmo de lectura gracias a la velocidad a la que leo. Esta velocidad de lectura la adquirí de forma accidental: conforme crecía, mis deberes se incrementaban en proporción inversa al tiempo que podía dedicar a la lectura. Esto hizo que, involuntariamente, leyera cada vez más rápido, manteniendo el ritmo de lectura prácticamente igual al que tenía cuando era un adolescente indolente que podía leer durante horas (¡Ah, qué tiempos aquellos!).

Además, aunque prefiero la literatura “seria”, soy capaz de disfrutar por igual a William Faulker que a Stephen King (toda proporción guardada). Los libros “clásicos” y hasta los “best seller” forman parte de mi amplio menú literario, omnívoro.

Lo anterior lo menciono en detalle sin una pizca de arrogancia u orgullo. Leo mucho por la sencilla razón de que lo encuentro muy entretenido. El que lea más de cien libros al año en un país como México —en donde el promedio es de un irrisorio 1.6 libros anuales— no me hace más inteligente (quizá sólo más interesante) que aquellos que no leen.

Señalo un hecho, simplemente. Y esto porque quiero comentar un libro que podría estar en esa lista de los 100 libros que no hay que leer y que me prestó mi hermana Rebeca, con la promesa que leería un libro “demasiado bueno” (eso dijo).

Rebeca es mi proveedora oficial de best seller (que en mi menú literario son el equivalente a una bolsa de papas fritas: no nutren, pero calman el hambre) y en este caso en particular, el libro en cuestión revestía de un ingrediente sorpresa: era un libro escrito en Francia, en donde había vendido cuatro millones de ejemplares.

Para entender mi sorpresa hay que recordar que Francia ha sido considerada desde siempre como la Meca de la intelectualidad. Ser pintor, escultor, dramaturgo, filósofo o escritor en Francia es uno de los esnobismos más atractivos para los intelectuales de todo el mundo.

Además, desde mi punto de vista, el pináculo de la literatura se alcanzó en Francia durante el siglo diecinueve (soy un ferviente admirador de monstruos literarios como Balzac, Hugo y Dumas). Sin embargo, durante el siglo veinte esa grandiosidad pareció esfumarse. En mi búsqueda literaria sólo encontré a dos escritores franceses de todo el siglo pasado que merecen respeto: Marcel Proust y Albert Camus.

Desde hace años no había leído a ningún escritor francés contemporáneo y no por falta de ganas, sino porque simplemente estaban ausentes del buffet literario mundial. (Si conocen a algún autor francés contemporáneo que valga la pena leer, háganmelo saber).

En fin, que ahora mi hermana me prestaba un libro de un autor francés contemporáneo y que además era un best seller en su país de origen. Eso me daría una doble satisfacción: por un lado, conocería las pretensiones literarias a las que aspiraban los escritores franceses, y por el otro, me daría una idea de cómo podía estar el gusto francés actual.

La lectura del libro superó mis expectativas. No sólo comprobé que los autores franceses continúan en una severa crisis de identidad, lo cual les impide deshacerse de la sombra de los grandes escritores franceses decimonónicos, sino que el lector francés, con su apoyo a ese tipo de literatura, contribuye a profundizar esa crisis. Ambos, autores y lectores, son víctimas de su pasado glorioso. Si buscaba alguna excusa para mi alejamiento de la literatura francesa contemporánea, ahí la encontré: los escritores franceses no tienen nada que decir.

La elegancia del erizo, de la escritora Muriel Barbey, es un compendio de vacuidades. Intenta ser una novela filosófica y de crítica social, pero no consigue ni lo uno ni lo otro. Sus protagonistas, concebidos por la autora como seres profundamente originales, terminan siendo caricaturas, cuyo único propósito aparente consiste el de servir de  contraste a una “alta sociedad” acartonada y estereotipada.

La elegancia del erizo es el equivalente literario de una “chick flick”, como se les llama a las películas hechas por mujeres, para mujeres, y en donde la trama se centra en una o varias figuras femeninas mientras los hombres sólo aparecen en segundo plano, como villanos o comparsas. (Esto en sí mismo no es algo malo. Jean Austen escribió puras “chick flicks”, pero su lectura resulta deliciosa).

La trama del libro se centra en Renée, una portera de un edificio de gente rica con una cultura autodidacta; Paloma, una adolescente superdotada con tendencias suicidas y el señor Kokuro, un rico jubilado japonés que sirve como comparsa entre las dos mujeres.

La autora intentó imprimir originalidad a sus personajes de una manera por demás burda: la de la rubia con cuerpo espectacular y doctorado en física por el MIT. ¿Qué podría ser más original que una portera francesa (arquetipo de la mujer vulgar y hosca) con un gusto por la cultura y el arte?  ¿Qué podría ser más inverosímil que una adolescente burguesa ¡rebelde!, o que un rico jubilado japonés radicado en Francia? (Los franceses no ven con muy buenos ojos a los japoneses).

Los villanos del libro, representados por toda la burguesía que habita el edificio, no podrían haber sido más estereotipados: conformistas, insensibles, carentes de cualquier atributo que los redima como seres humanos.

El trasfondo filosófico del La elegancia del erizo apesta. No es más que sofistería barata aderezada con referencias a Proust y a otras glorias de la cultura ya muertas.

En resumen, La elegancia del erizo de Muriel Barbey merece estar en la lista de los 100 libros que no hay que leer. Me faltan noventa y nueve.

¿Alguien conoce alguno que quiera proponer?






1 comentario:

  1. Iliana Díaz8:38 p. m.

    Es probable que yo sea "chick flick-adicta", porque la película me encantó. No sé si es mejor que la versión original escrita, pero definitivamente El Erizo ha sido una de las películas que he estado recomendando por ahí, hasta con Luis hablé del tema. Me llegó, me gustó. La portera me cautivó... en fin... Lo que creo que no haré será leer el libro si lo veo por ahí. Un saludo.

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