2/08/2011

Reencuentros

A las personas que conozco ya no les sorprende el que yo lea tanto; han terminado por acostumbrarse. Sin embargo, aún les llama la atención el que yo, que aparentemente siempre tengo la nariz metida en un libro (y por lo tanto sin tiempo libre más que para leer) esté enterado de todo: desde el resultado final del partido del domingo en el Super Bowl, hasta los ingredientes necesarios para hacer una Crème brûlée y la línea sucesoria del trono inglés.

Lo que no parece entrarles en la cabeza es mi costumbre de releer ciertos libros. ¿Por qué vuelves a leer ese libro? —Me preguntan—. ¿Acaso no sabes ya de qué se trata?

La respuesta a la primera pregunta no es fácil. Si quisiera encontrar una aproximación les podría responder que hay ciertos libros que se rehúsan a ser cerrados. Esto es, no admiten un Fin por respuesta.

Al terminar este tipo de libros tienes la sensación de que hubo algo que te faltó por leer. Sabes que no es cierto, que lo leíste completo, pero aún así te queda la sensación.

Lo más sencillo sería volver a leer de inmediato el libro y terminar así con el asunto, pero sabes que es inútil, ya que no es cuestión de no haberlo leído o comprendido por completo. Y eso lo sabes. Así que dejas a un lado el libro y sigues con otros libros. Eres consciente que tarde que temprano tú y ese libro se volverán a encontrar.

Con respecto a la segunda pregunta: ¿Acaso no sabes ya de qué se trata?, la respuesta es más sencilla: Sí, sé perfectamente de qué se trata, en todos sus pormenores. Es por eso que lo vuelvo a leer. (En algunas personas, se da una situación similar con las películas, algunas de las cuales las ven una y otra vez. Sin embargo, con las películas, al contrario que con los libros, la saciedad se alcanza un día cualquiera).

La clave del enigma se encuentra en el lector mismo. Aunque algunos afirman que un libro puede adquirir cualidades orgánicas, la verdad es que un libro no pasa de ser un conjunto de hojas de papel impresas (o una serie de bytes en un libro electrónico) que permanece inalterable con el paso del tiempo, hasta que se degrade el papel o se acabe la batería.

Así, una lectura de Crimen y Castigo a los quince años difiere con mucho de una lectura de Crimen y Castigo a los veintidós años, o a los cuarenta, o a los cuarenta y nueve. Es el lector el que cambia, no el libro.

Yo tengo tres libros a los que vuelvo una y otra vez, con un intervalo entre tres y cinco años: La Montaña Mágica, de Thomas Mann; El Conde de Montecristo, de Alexandre Dumas, padre y Auguste Maquet, y En Busca del Tiempo Perdido, de Marcel Proust.

Los reencuentros con estos tres libros (En Busca del Tiempo Perdido consta de siete tomos, pero yo tomo la obra completa como un solo libro) me deparan unas sensaciones estéticas deliciosas.

¿Qué tienen de especial para mí estos tres libros?

Dicen de La Montaña Mágica que es un libro aburrido. A mí la prosa de Thomas Mann (pausada y grave) me parece cualquier cosa, menos aburrida.

La aventura interior por la que atraviesa el joven héroe Hans Castorp es una de esas epopeyas personales que te dejan sin aliento. Porque Hans va al sanatorio pensando en “rescatar” a su primo Joachim, el soldado tuberculoso, sin percatarse que será él mismo quien posteriormente necesitará ser “rescatado”, ya que cae bajo el influjo del sanatorio, dejándose seducir por la enfermedad.

Y mientras asistimos a la degradación y asimilación de Hans Castorp en el microcosmos del sanatorio (con sus peculiares internos, entre los que destacan unos mexicanos, una de los cuales es una madre que sólo sabe una frase en francés) el mundo exterior se degrada también, aunque no lo notamos. Los ecos de la convulsión del “mundo exterior” nos llegan como amortiguados por la lucha de concepciones de los mundos antiguo y moderno que se da entre dos de los enfermos del sanatorio: Settembrini y Naphta, un ex jesuita. El libro culmina con la llegada atroz de la Primera Guerra Mundial. Ambas guerras, la interior de Hans Castorp y la Mundial del “exterior”, se presentan con toda su crudeza, destrucción y renovación a través de La Montaña Mágica. El resultado es sublime.

La obra de Marcel Proust, En Busca del Tiempo Perdido es, según palabras de Huxley, “la masturbación interminable”. Es posible. Pero no por ello deja de ser una de las obras más admirables de la literatura mundial.

Marcel Proust, como un moderno Cronos, es capaz de detener el tiempo. Su descripción de un mundo pasado, ya olvidado, perdido, alcanza niveles obsesivos. Un polvoriento jarrón; el rayo de luz que roza las molduras de la cama; un botón de rosa; el largo de una nariz; el matiz de una frase; la sospecha de una traición… todo y todos son sometidos a un escrutinio demencial en su búsqueda desesperada de un tiempo que ya fue. (Con decirles que desde el momento en que el protagonista abre los ojos hasta que se levanta de la cama transcurren ¡ciento once páginas!).

Cada vez que vuelvo a recorrer sus páginas, cada vez que asisto al primer encuentro entre Albertina y el narrador me dan ganas de gritarle a Albertina: “¡Corre, huye, aléjate de él!”… pero no lo hago. Dejo que Albertina entable su amistad fatal y prosiga su camino, ignorante, hasta su destino espantoso. (Después de que leyó a Proust, al escritor Henry Miller le dijeron que Proust era homosexual. Henry Miller no podía creerlo).

Por último, El Conde de Montecristo… Este estupendo libro lo contiene todo: amor, traición, aventura, venganza. Al contrario de los dos libros anteriores, el destino de Edmond Dantés se precipita por sus páginas.

Pocos libros hay que me emocionen tanto. No importa cuántas veces vuelva al libro, siempre encuentro motivos para ello. La maldad humana en su máxima expresión; la venganza humana en su máxima expresión. Sencillamente, insuperable.

Por supuesto, estos son mis gustos personales. Muchos encontrarán a estos tres libros francamente aburridos o fuera de época. Los resúmenes que hice sólo son unos esbozos incompletos, ya que no me gusta contar trama.

Sin embargo, espero que al menos haya podido despertar la curiosidad de alguno de los lectores de estas Crónicas Profanas para que se decida a conocer alguna de estas tres obras maestras, ya que quizá encuentre en un futuro la necesidad de volver a leerlas.

Créanme, los reencuentros con un libro (como con un amigo) son algo muy especial.



2/03/2011

El dios móvil

Supongamos un viajero del tiempo que viajara de 1920 hasta nuestros días. De seguro que dicho viajero temporal encontraría demasiadas cosas de qué sorprenderse.

Sin embargo, una de las cosas que quizá más le sorprendería sería el notar que “los hombres del futuro” muestran una marcada tendencia a hablar solos mientras caminan. Además,  le parecería que la mayoría tiene problemas de torceduras en el cuello o dolores de oído, ya que son muy comunes los peatones que matienen ladeada la cabeza mientras la sostienen con una mano. Dentro de los autos observaría algo similar: muchos de los conductores tienen la cabeza torcida mientras hablan solos y conducen con una sola mano.

Nuestro hipotético viajero temporal ignora que esos “hombres del futuro” están haciendo algo tan común y corriente como hablar por teléfono. Por supuesto, él conoce el teléfono, pero como no ve los aparatos y ninguno de los que hablan mientras caminan o conducen arrastran un cable tras de sí.

El teléfono celular —o móvil, como lo conocen en España y en otros lugares— llegó para quedarse. El año pasado, por primera vez, la venta de dispositivos móviles (que incluyen los teléfonos celulares) superó a la de la de las computadoras fijas.

Aún me acuerdo que tan sólo algunos años atrás ¡COF-COF-COF-COF! (perdón) era muy raro ver a alguien con teléfono celular. Sólo los actores o los altos ejecutivos portaban en una mano un maletín y en la otra un ladrillo de plástico que tenía botones para marcar.

En los primeros tiempos de los celulares, las llamadas eran carísimas y tenías más cobertura si utilizabas señales de humo. Sin embargo, los teléfonos celulares eran ENORMES, lo cual los hacía un símbolo de estatus muy visible y, por lo tanto, muy apreciado. (Ya saben la definición. Estatus: comprar una cosa que no necesitas, con un dinero que no tienes, para mostrarle a gente que no te gusta, una persona que no eres).

Tiempo después, los ladrillos de plástico con botones para marcar fueron sustituidos por modelos más discretos y ligeros. Como ahora ya no eran tan visibles, los usuarios de los teléfonos celulares recurrieron a un viejo truco para llamar la atención: gritar.

Usuario de celular de 2002 (mientras hace cola frente al cajero en el súper): ¿QUÉ ONDA? ¿CÓMO ESTÁS? ¡TE LLAMO PORQUE LA FILA PARA PAGAR ESTÁ LENTA Y YA ME ABURRÍ! ¿QUÉ DÓNDE ESTOY? ¡EN EL SÚPER! ¡TE ESTOY HABLANDO DESDE MI TELEFONO CELULAR! ¿ME OYES BIEN? PORQUE YO TE OIGO ESTUPENDAMENTE…

Aunque aún hay quienes todavía gritan cuando hablan por su teléfono celular, ya éste perdió su estatus: ahora cualquiera puede tener uno. Sin embargo, el estatus es algo que la mayoría de la gente no está dispuesta a perder, aunque le cueste su orgullo, su inteligencia o su sentido común.

Esto lo saben los fabricantes de equipos móviles, que ni tardos ni perezosos sacaron al mercado lo que podemos llamar “súperteléfonos”: Smartphones, Blackberry, iPhone, Android… toda una gama de productos móviles con el fin de esclavizarnos y vaciarnos los bolsillos.

Porque seamos sinceros: para hablar por teléfono nadie necesita un iPhone. Con un teléfono Nokia de $400 pesos (unos 30 dólares) es más que suficiente. Además, ese teléfono barato cuenta con capacidad para guardar hasta 500 contactos, tiene calendario, alarmas múltiples, puede mandar y recibir mensajes, tiene altavoz, capacidad para poner en conferencia, llamada en espera y decenas de cosas más que hacen superfluo un “súperteléfono”.

Sin embargo, toda aquella persona que tiene un Smartphone o una Blackberry o un iPhone está convencida que (por lo menos a lo que a ella respecta) esos aparatos son in-dis-pen-sa-bles. No pueden estar sin ellos. No imaginan la existencia sin sus “súperteléfonos”.

Admito que haya personas cuya actividad les haga indispensables los dispositivos móviles de comunicación, pero no creo que su número rebase el millar ¡en todo el mundo!

Porque la abrumadora mayoría de quienes cuentan con “súperteléfonos” también cuentan con conexión de banda ancha, tanto en su casa como en su oficina, por lo que checar sus correos electrónicos o ingresar a Internet no les supone mayor problema.

Véase a un usuario de “súperteléfonos” en un lugar público y, ¿qué hace? Escribir mensajes insulsos: “Estoy en el aeropuerto. Si el vuelo no se retrasa llegaré a las 10” o “Recuerda que mañana vamos a casa del tío Humberto”. O pasa su tiempo leyendo e-mails que muy bien pudo checar en su oficina o surfeando en la red para leer el New York Times en versión estampilla, sólo para enterarse de que ya empezaron a cobrar por su versión on-line.

Pero ni con esto se convence que un “súperteléfono” es superfluo. Porque si le pones la evidencia en sus narices te responderá que un teléfono Nokia de $400 pesos sólo sirve para hablar por teléfono (lo cual, dicho sea de paso, es precisamente su función) además de que no puede conectarse a Internet y tampoco acepta “Aplicaciones”.

¡Ah, las Aplicaciones!, las famosas “App’s”. (La compañía Apple acaba de anunciar que ya rebasó las diez mil millones de descargas de “App’s”. ¡¡Diez mil millones!! Y cada “App” cuesta. Tiene un precio que va desde unos cuantos centavos de dólar a muchos dólares. Hay algunas Aplicaciones que pueden resultar útiles —como las de mapas— pero en su mayor parte resultan francamente estúpidas).
  
La triste realidad es que ya la mayoría de la gente se convirtió en esclavo de su teléfono móvil. Muchos de los que celebraron la independencia de una línea telefónica fija, ahora se hayan inmersos en una dependencia obsesiva con una línea telefónica móvil.

Esta dependencia obsesiva parte de una idea equivocada: Hay que estar comunicados todo el tiempo. Así, sin preguntarse el por qué, vemos a millones de personas en todo el mundo intentando estar comunicados todo el tiempo, sin importar las consecuencias.

No sé en otras ciudades, pero en lo que respecta a Monterrey, puedes ver cómo al menos tres de cada diez personas van hablando por su teléfono celular mientras conducen; en los cines no es raro ver pantallas de celulares brillando entre las filas de asientos mientras se proyecta la película; dos amigos se toman un café en Starbucks mientras uno “twittea” y el otro checa su correo electrónico en su iPhone.

Si el propósito del teléfono celular fue facilitar y fomentar la comunicación, entonces se puede decir que fue un rotundo fracaso: hoy en día las personas están más incomunicadas que nunca. Esto no quiere decir que no se comuniquen entre ellas, sino al contrario, que se comunican en exceso: la comunicación ha perdido en calidad lo que ha ganado en cantidad.

Con el teléfono celular sucede lo mismo que con la fotografía digital: Antes, en los tiempos de los rollos de película, la persona que tomaba las fotos era consciente de que sólo tenía 24 ó 36 oportunidades (dependiendo del rollo) para tomar una buena foto. Ahora, una persona con una memoria de 8Gb en su cámara de fotos es capaz de tomar cientos de fotografías sin fijarse mucho en si tomó o no una buena foto. Después de todo, alguna de las 350 fotos que tomó tiene que salir buena, ¿o no?

Las conversasiones a través de los teléfonos celulares han perdido su calidad. Son tan fáciles de hacer, las podemos hacer desde tantos lugares y a cualesquier hora, que por lo común compartimos puras trivialidades con quienes hablamos.

¡Qué diferencia con aquellos tiempos ¡COF-COF-COF-COF! (perdón) en que en la casa mis hermanas y yo teníamos prohibido hablar por teléfono porque papá estaba esperando una “llamada importante”! A nosotros nos molestaba eso, por supuesto, pero ninguno teníamos la menor duda de que la llamada de papá realmente era importante.

Y no porque fuera nuestro padre, sino porque sabíamos que la persona que le hablaba tenía razones de peso para haberle dicho a papá que le llamaría a tal hora de tal día, que estuviera pendiente: cuando haces esa clase de compromiso no vas a trasmitir alguna trivialidad.

Pero lo peor de todo el asunto es que estamos perdiendo la comunicación frente a frente, en donde podemos compartir ya sean trivialidades, ya sean cosas importantes. Ahora con el teléfono celular los rompimientos se hacen a distancia, los afectos se trasmiten separados por cientos o miles de kilómetros, los contactos humanos se desvanecen en señales de microondas.

Nunca antes como ahora habíamos estado tan comunicados… ni tan solos.


1/28/2011

No me gustan los lunes

Hace treinta y dos años, en la mañana del lunes 29 de enero de 1979, Brenda Ann Spencer, de dieciséis años, se acomodó en una ventana de su casa en San Diego, California y empezó a disparar al azar hacia el otro lado de la calle, en donde se encontraba la escuela primaria Grover Cleveland. En ese momento, los alumnos esperaban a que el director de la escuela abriera la puerta.

Brenda Ann Spencer disparó treinta veces con su regalo de Navidad paterno: un rifle semi automático calibre .22. El director que intentó proteger a los niños y un ayudante que intentó proteger al director fueron asesinados por las balas. Ocho alumnos y un policía resultaron heridos. Brenda Ann dejó de disparar y se apertrechó en su casa durante siete horas, tras lo cual se rindió a la policía.

Cuando se le preguntó el por qué lo había hecho, Brenda Ann respondió: “Yo sólo lo hice por el gusto de hacerlo. No me gustan los lunes. Esto anima el día”. También dijo: “Yo no tenía ninguna razón para hacerlo, sólo fue muy divertido. Fue como disparar a los patos en un estanque. Los niños se parecían a un rebaño de vacas de pie, eran una presa fácil”.

El mismo día, el cantante del grupo The Boomtown Rats, Bob Geldof, se encontraba en Atlanta, Georgia, en una entrevista de radio. Había una máquina de télex detrás de él y leyó la noticia como salió. Bob Geldof dijo más tarde: “Que no te gusten los lunes como una razón para hacer algo así es un poco extraño. Pensé en ello en el camino de regreso al hotel y me dije: ‘El chip de silicona dentro de su cabeza había sido cambiado a sobrecarga’. Así lo escribí. Y los periodistas que la entrevistaron le preguntaban: ‘¿Dime por qué?’ Fue un acto tan sin sentido. Fue el acto perfecto de sin sentido y fue la perfecta razón de sin sentido para hacerlo. Así que quizá yo escribí la perfecta canción de sin sentido para ilustrarlo. No fue un intento para explotar una tragedia”.



La canción “I don’t like Mondays” es una hermosa canción. Su ritmo es alegre y está embellecido por unas notas ligeras de piano. Para el que escuche la letra y la melodía sin conocer su origen, I don’t like Mondays le parecerá una canción sin sentido, pero agradable y pegajosa. Bob Geldof realmente alcanzó con esta canción su obra maestra. Una canción sin sentido acerca de un acto sin sentido.


Hay muchas cuestiones interesantes en este hecho atroz. Lo primero que llama la atención es el regalo que el padre de Brenda Ann le hizo a ésta en la Navidad de 1978. ¿A qué padre en sus cabales se le ocurre regalarle un arma semi automática a su hija adolescente?

Todos los adolescentes son unos monstruos. Todos. Además, ellos vivían en San Diego, no en las colinas de Kentucky o en Montana, donde el regalar armas a los hijos no propicia ningún alzamiento de cejas.

Llama también la atención el que se tratara de una chica. No me he puesto a investigar, pero no creo que exista otro caso de alguna otra mujer disparando indiscriminadamente contra un grupo de personas, en especial tratándose de niños.

Porque las mujeres son la válvula de seguridad de la humanidad. Son ellas las encargadas de mantener, aunque sea precariamente, este mundo nuestro que los hombres intentamos destruir a cada instante. Así que no se vale. Si ver a un hombre llevar a cabo esos actos abominables causa estupor, ver a una mujer hacer lo mismo causa una infinita tristeza.

También, en nuestro ambiente actual de inseguridad y violencia, I don’t like Mondays nos puede llevar a la reflexión.

Por un lado, nos recuerda que la violencia no necesita una razón de ser. Muchas veces no son el dinero, ni el poder, ni la venganza, ni los celos, ni las ansias de libertad lo que nos llevan a ejercer la violencia. Es simplemente una razón sin sentido, como que no nos gusten los lunes.

¿Cuál son las razones por las que “El Chapo” o “El Mayo” sigan como narcos? Ninguna en absoluto. No hay una razón válida para que ambos no se “jubilen” y se dediquen a disfrutar su fortuna mal habida, sin necesidad de andar escondiéndose de rivales y autoridades.

Tampoco hay razón alguna para que algún secuestrador mate a su víctima después de haber recibido el pago de rescate. O para que un hombre golpee a una mujer; o para que un esposo golpee a su esposa o a sus hijos; no hay razón para que alguien ataque a un judío, a un negro o a un homosexual, ni tampoco para atacar a nadie que piense diferente que nosotros.

Por otro lado, I don’t like Mondays nos recuerda de que aún ante el más abyecto acto de violencia es posible oponer la belleza. Bob Geldof se basó en un acto de violencia sin sentido para crear una canción sin sentido. De la muerte salió un mensaje de vida: ahora alguien puede cantar I don’t like Mondays sin necesidad de causar algún dolor.




Debido a la gravedad de su crimen, Brenda Ann Spencer  fue juzgada como adulta. Se le declaró culpable de dos asesinatos y de ataque con arma mortal. Fue sentenciada a cadena perpetua con un mínimo de 25 años. Actualmente está purgando su pena en la Institución de California para Mujeres, en Chino, California. Después de que Brenda Ann Spencer fuera elegible para libertad condicional, ésta le ha sido negada cuatro veces, la última en agosto 13 de 2009. No será elegible de nuevo hasta 2019, cuando tenga 57 años.



1/18/2011

Un penacho, un cuerno de chivo y un cambio de signo

Recientemente he leído en los medios algunas noticias que me han causado un profundo malestar, no por ellas mismas, sino por los comentarios del público que las lee. Es triste, pero ello confirma que si no avanzamos es por causa de nosotros mismos.

Empecemos por el cambio de signo. Resulta que la Sociedad Planetaria de Minnesota nos recordó a los que vivimos en este siglo XXI que la luna influye sobre nuestro planeta: su jalón gravitacional ha hecho que la alineación de las estrellas haya sido “empujada” hacia delante casi un mes.

¿Y qué hay con esto? Nada, que el Zodiaco ha cambiado: aquellos nacidos entre noviembre 29 y diciembre 17 han dejado de ser Capricornios o Sagitarios: ahora son Ofiucos. Además, este cambio ha afectado a los demás signos del Zodiaco.

Yo no creo en horóscopos. Me parecen una reverenda tontería. Más adelante escribiré algún post (aunque no sea correcto, me gusta usar el término post, en lugar de “entrada”) sobre el asunto de los horóscopos, explicando el porqué son una tontería.

En estos momentos lo que me interesa comentar aquí es la reacción que tuvo la gente al enterarse de ello. Yo creí que muchos estarían emocionados por estrenar un nuevo signo: me equivoqué. La mayoría de los que habían cambiado de signo decían: “¡Ah, no. Yo nací Capricornio y moriré Capricornio!”, o “¿Cómo es posible que esos astrónomos nos vengan con esos cuentos de que la alineación de las estrellas ha cambiado por la luna? ¡Soy Escorpión y los escorpiones no nos dejamos engañar fácilmente!”. (Estos comentarios no fueron exactamente así, pero resumen el sentir general).

O sea que una parte significativa de la población que cree en los horóscopos (31% en los EUA, según Time Magazine) creen compartir con todos los de su mismo signo, digamos Leo, una gran fortaleza de carácter, al tiempo en que rehúsan creer que los controles de precios son dañinos para la economía.

En otro orden de cosas, el día de ayer Carlos Marín, del periódico Milenio, escribió un comentario acerca del préstamo que Austria quería hacer a México del penacho que supuestamente perteneció a Moctezuma.

Pues bien, sólo hizo falta que Carlos Marín se refiriera a Moctezuma como un tirano, para que el foro entero empezara una diatriba acerca de la tiranía azteca y su costumbre de los sacrificios humanos.

¿Cómo era posible que alguien llamara a los aztecas tiranos? ¡Los sacrificios humanos de los aztecas fueron un mito inventado por los conquistadores! El foro se llenó de insultos, enlaces a fuentes científicas y pseudocientíficas, descalificaciones y argumentos vanos.

Aquellos que defendían la causa azteca (los cuales eran mayoría) cayeron en un error muy común: intentar explicar los actos del siglo XIV en base a la mentalidad del siglo XXI. Y esto simplemente no es posible.

Por más reprensibles y abominables que nos resulten actualmente algunos actos (como la esclavitud o los sacrificios humanos) la mentalidad de nuestros antepasados es cosa aparte.

No nos vayamos muy lejos en la historia. Bástenos con recordar que en el siglo XIX no era mal vista socialmente la costumbre de exhibir a personas con alguna deformidad física. Los espectáculos con “fenómenos” eran muy populares (recordemos a John Merrick, el hombre elefante) y se veían más como una especie de curiosidad científica que como una falta total de respeto hacia la dignidad humana.

Los aztecas mantenían sojuzgados a muchos pueblos y practicaban sacrificios humanos. ¿Y qué hay de malo en ello? Es algo que pasó —nos guste o no— y no debe servirnos como excusa para envenenar un debate. Además, los aztecas eran unos y los mexicanos somos otros. No hay punto de comparación. Las creencias y valores de ambos son diferentes.

La tercera noticia cuyos comentarios me causaron malestar fue la de la matanza en Tucson, Arizona. Debido a este hecho trágico, subió de nuevo a la superficie el debate acerca del control de armas. Después de todo, el asesino había utilizado una pistola Glock con un cargador para 30 balas.

Ya he expresado en estas crónicas mi parecer acerca del control de armas, e incluso pienso que se debería flexibilizar la legislación mexicana al respecto (ver Mexicanos al grito de guerra...). Pero en lo que no estoy de acuerdo es en la postura equivocada que los gringos se aferran por conservar.

Me refiero a las armas de asalto. Estoy completamente de acuerdo en que una persona pueda poseer y utilizar armas para defensa personal. En lo que difiero es que esa defensa se realice con armas de asalto. ¿Para qué demonios necesita alguien un AK-47 para defensa? ¿Qué cazador en sus cabales querría una ametralladora Barret calibre 50 para cazar ciervos? ¿Quiere un trofeo de caza o picadillo de ciervo?

Pero igual que el Sagitario defendiendo su signo o que el mexicano cantando las loas a la pureza de sentimientos de los aztecas, el fanático de las armas de asalto hará todo lo que esté de su alcance para acomodar la realidad a sus deseos.

La realidad es complicada —demencialmente complicada— y de nada nos sirve intentar simplificarla tratando de adaptarla a la fuerza a nuestros estrechos criterios personales. Esto sólo nos lleva a la polaridad, al desacuerdo, a querer defender lo indefendible.

Nos aferramos a nuestras ideas y puntos de vista como si estos realmente fueran los únicos verdaderos, cerrándonos al diálogo, a compartir ideas. Somos nosotros contra ellos, lo que nos lleva a la intolerancia, al fanatismo.

Y después nos preguntamos el por qué están tan mal las cosas y el por qué no avanzamos.

Patético.

1/13/2011

Tsunami

No podía creer lo que veía en las imágenes por televisión: decenas o cientos de personas (hombres, mujeres y niños) acercándose a la orilla de la playa para ver el espectáculo que se desarrollaba ante ellos: el mar se había retirado casi cien metros de la playa. Muchos tomaban fotografías o videos, mientras otros se adentraban en la arena recién abandonada por el agua, conscientes de que estaban experimentando un fenómeno inusual.

Sin embargo, ninguno de estos curiosos cayó en cuenta de que estaban viviendo sus últimos momentos, que muy pronto iban a morir.

26 de diciembre de 2004. Océano Índico. Indonesia.

El mar regresó, con olas de hasta 30 metros de altura y causó el mayor número de muertos en un desastre natural en la era moderna (le sigue, por supuesto, al terremoto de hace un año en Haití): al menos 230,000 personas perecieron.

Si en un principio dije que no podía creer lo que veía por televisión, es por la sencilla razón de que nadie reaccionó (ni siquiera los habitantes de Sri Lanka) cuando el mar se retiró tan espectacularmente. Porque cuando eso sucede sólo hay una explicación posible: ha tenido lugar un terremoto submarino, lo cual causa, a su vez, lo que se llama un tsunami.

El terremoto sucede sin aviso, pero el tsunami no. La onda expansiva del maremoto avanza furtiva por el océano. En aguas profundas la ola no rebasa el metro y medio de altura. Pero cuando se acerca a la costa comienza a crecer desmesuradamente. Y para crecer necesita esa agua que está junto a la costa, así que la absorbe. Y a esa absorción de agua acudieron curiosos cientos de turistas y habitantes del lugar, creyendo que veían algo fascinante. ¡¿Por qué no reaccionaron?! Porque ignoraban lo que estaban presenciando.

Una vez que las marejadas hubieron golpeado la costa y matado a miles de personas, los sobrevivientes dieron rienda suelta a su dolor y su indignación: ¿Por qué nadie les avisó que se acercaba un tsunami? ¿Por qué el gobierno no dio la alerta? ¿Qué no sabían las autoridades que así se hubiera evitado un número de víctimas tan elevado?

Porque como sucede frecuentemente en los países subdesarrollados, el sentir general fue  que las autoridades fueron las responsables de la tragedia. Nadie culpó a las víctimas (sobre todo a aquellas que acudieron voluntariamente a su muerte) de ser las responsables.

Pues bien, en México estamos sufriendo actualmente una especie de tsunami. Los índices de inseguridad, corrupción e impunidad han llegado a niveles espantosos. El tejido social es absorbido mar adentro y la mayoría de los mexicanos no han hecho otra cosa que acercarse a la orilla de la playa para fascinarse con el espectáculo, sin saber que ello puede costarles la vida. El crimen (organizado y no) se ha apoderado del país y una tremenda marejada amenaza con destruirnos.

¿Y qué hacemos los mexicanos mientras la tragedia se gesta? Nada: paseamos inquietos, pero fascinados, por las zonas recién liberadas por el agua, culpando al gobierno o a “los demás”, de un fenómeno potencialmente mortal que no comprendemos, ni procuramos entender, ni mucho menos actuar en consecuencia.

En mi libro “Retorno 2012” (léanlo, se les va a pasar el tren) uno de los personajes habla de una posible causa: el síndrome del damnificado. Porque México es un país de víctimas, en donde cuando ocurre un desastre natural (o artificial como en el caso de la criminalidad) todos de autonombran “damnificados” y esperan que el gobierno o terceras personas les resuelvan la vida.

Por supuesto, la relación con el gobierno es ambivalente, ya que así como se le exige que repare los daños, se le culpa de todo lo malo.

Y ahora a los mexicanos les ha dado por echarle la culpa al gobierno de los muertos por la violencia originada por el narco y se les exculpa a los criminales, que ya fueron absorbidos por el maremoto que se gestó desde hace años ante nuestra indiferencia y que vuelve ahora con fuerza hasta la costa mientras nosotros nos paseamos tranquilamente por la playa vacía, indignados por el espectáculo, pero sin hacer nada por nuestra parte para actuar: correr hacia un sitio elevado y así salvar nuestras vidas y la de los nuestros seres queridos.

12/28/2010

¿Feliz año 2011?

“¡Yo tuve un sueño!” Dijo Martin Luther King Jr. en un famoso discurso en el que compartió su sueño de un mundo sin discriminación... “¡Yo tuve una pesadilla!” Les digo a mis lectores, y me gustaría compartirles mi pesadilla de un mundo sin esperanza.

Mi pesadilla se llama Retorno 2012 o Cómo sobrevivir a una invasión de zombis. Hoy es el día que escogí para liberar el virus.

Soy el paciente cero, el foco de infección, y busco infectarlos. Y no sólo eso: mi deseo es que ustedes se infecten e infecten a otros; y que estos otros infecten a otros más… ¡Que la infección crezca hasta convertirse en una verdadera pandemia!  (Risa de científico loco)

Retorno 2012 o Cómo sobrevivir a una invasión de zombis es a la vez sátira y alegoría. Es una ficción “pulp” en su versión más básica. Su premisa es contestar a la pregunta: ¿Cómo sería una verdadera invasión de zombis? Porque las invasiones de zombis a las que estamos acostumbrados son a las de Hollywood, en donde siempre hay una gran corporación o algún virus alienígeno tras la infección y en el que los gringos reaccionan, pues… como gringos. ¿Pero, qué pasaría con una invasión de zombis en un país de Latinoamérica como México? ¿Cómo reaccionarían sus ciudadanos, cómo sus gobernantes?

El libro es mi regalo de Navidad para todos ustedes. Puede ser descargado gratuitamente en la siguiente dirección: www.retorno2012.blogspot.com. El libro lo escribí yo, pero en el diseño gráfico del blog recibí una inapreciable ayuda de mi hija Ana Sofía, que quizá sea la única adolescente del mundo cuyo padre escribe una historia de zombis sin ser escritor.

Como señalo en el blog, lo único que pido a cambio es que disfruten la lectura del libro, que me hagan llegar sus comentarios y que infecten al mayor número de sus amigos y conocidos. Con su ayuda quiero convertir al libro en viral.

Sinceramente, no sé si desearles un Feliz Año Nuevo 2011, ya que se avecina una invasión de zombis. Así que mejor lean el libro y prepárense para enfrentar a los zombis.


12/18/2010

Cambio de rumbo

Hay momentos en la vida en que se requiere hacer un alto. La mayor parte de las veces esa necesidad de detenerse surge por una situación impactante, inusual o trágica: un accidente, la pérdida de un ser querido, el diagnóstico de una enfermedad grave.

Sin embargo, no siempre es así. La mejor manera de hacer un alto en el camino es cuando tú mismo decides parar. Un buen día te levantas y decides que a partir de ese momento has decidido detenerte. No hay nada que te indique que eso debe de ser así. No hay señales ni signos ni premoniciones ni intuiciones. Simplemente dices: paro, y paras.

Ahora bien, ¿por qué parar? ¿Por qué hacer un alto en el camino? Necesitas parar para cambiar. Un cambio de rumbo se hace necesario en determinadas etapas de nuestras vidas.

Un cambio de rumbo solamente, porque es imposible detenerse por completo. Simplemente no puedes decir “hasta aquí llego” y pretender que con eso todo lo demás se detendrá contigo. Porque la vida no se detiene. Tú haces un alto, pero la vida te rebasa y arrastra consigo todo lo demás.

Así que me he detenido, momentáneamente. Apenas he tenido tiempo de reflexionar, ya que siento cómo la vida me empuja con toda su fuerza por la espalda, exigiéndome avanzar, proseguir mi camino.

No es la primera vez que cambio de rumbo, ni creo que sea la última vez que lo haga. Este blog de Crónicas Profanas es un testigo confiable de ello.

Inicié Crónicas Profanas en octubre 2006, alentado por mi amigo Luis. En un principio me resistí a iniciar un blog, ya que sabía que mantenerlo me iba a quitar tiempo. ¿Tiempo para qué? Tiempo para escribir.

Me gusta mucho escribir, casi tanto como leer. Sin embargo, no me gusta escribir por escribir; lo que me gusta es contar historias. Todo lo que escribo, incluso cuando escribo poesía, cuenta una historia.

Sin embargo, el contar historias no es tarea fácil. Primero hay que encontrar la historia (o dejar que ésta te encuentre) y escribirla, narrarla.

Allá por septiembre de 2006 sentí que la veta de historias que había encontrado se había agotado. Seguía encontrando historias, pero estas eran simples fragmentos que no acababan de formar un todo.

Así que empecé con el blog de Crónicas Profanas. En éste, más que contar historias, intentaba hacer llegar mi punto de vista a personas desconocidas. Sabía que yo no tenía siempre la razón o que mi manera de ver las cosas pudiera ser entendida o comprendida por gente a la que no había visto nunca.

Pero aún así seguí adelante. Si se toman la molestia de ver los archivos, se darán cuenta de los cambios de rumbo que he efectuado en los últimos cuatro años. Llama la atención los años 2008 y 2009, donde sólo hubo dos y tres tres mensajes míos, respectivamente. ¿Por qué? Porque consideraba que no tenía nada qué decir. Y cuando no tengo nada que decir, me callo.

A partir de abril de 2010 sentí que tenía muchas cosas qué decir, así que se nota un cambio importante. Las entradas al blog se hicieron rutinarias, dos o hasta tres veces por semana.

Y llegó noviembre. Y con noviembre un reto: completar 50,000 palabras en 30 días.

Lo que al principio comenzó como un juego, pronto se convirtió en una veta de historias. Había empezado a cavar en busca de historias, pero estaba cavando en el lugar equivocado.

Junté mis 50,000 palabras en 28 días y le seguí. El resultado “Retorno 2012 o Cómo sobrevivir a una invasión de zombis” estará disponible para todos a más tardar el 28 de diciembre próximo. Estoy trabajando actualmente en el blog donde podrán encontrar la historia más terrorífica, emocionante y delirante que se haya escrito desde la invención de la imprenta. 

Aprendí tanto en el proceso de mi ficción "pulp" (porque eso es mi novela), que nuevamente me puse en contacto con historias que puedo contar.

Así que a partir de ahora voy de nuevo a convertirme en un contador de historias. No voy a abandonar Crónicas Profanas, pero éstas serán más escasas. Sin embargo, que sean escasas no significan que dejen de ser interesantes, ya que pienso que esto es lo menos que puedo ofrecerles a aquellos pocos lectores que me han seguido regularmente durante estos cuatro años.

Esta no es una despedida, es un cambio de rumbo.

El cronista vuelve a ser narrador.

Mantendré el contacto.

12/07/2010

Tierra de zombis

En un inicio pensé en titular el presente post “Trabajo en proceso V”, pero con ello me arriesgaba a seguir perdiendo lectores potenciales.

En Cambio, Tierra de zombis es un título más adecuado, tanto para consignar mis avances (como lo había prometido a mis lectores incondicionales) como para comentar un aspecto interesante, algo más propio de estas Crónicas Profanas.

Con respecto al libro, mi meta de las 50,000 palabras quedó atrás. La alcancé a las cinco y treinta de la tarde del día 28 de noviembre, dos días antes de que se cumpliera el plazo.

Sin embargo, aunque conseguí acumular las 50,000 palabras, no conseguí terminar con la historia. Este hecho me sorprendió, ya que consideré en un principio que 50,000 palabras serían más que suficientes para contar una historia de zombis.

Y si había pensado las cosas de esa manera es por un hecho irrefutable, que se comenta en el libro: comparados con otras criaturas fantásticas —como los vampiros o los hombres lobo— los zombis son una nulidad: son torpes, lentos y estúpidos.

Sin embargo, ni todos los vampiros y hombres lobo juntos representan tanto peligro para los seres humanos como los zombis.

Así que construir una historia con zombis fue todo un reto. Fue necesario imaginar una nueva forma del proceso de conversión a zombi y el crear una sub-trama que sirviera para sostener la narración.

Aquello que en las primeras tres semanas frenéticas de acumulación de palabras me pareció una simple acumulación de basura era, por el contrario, el cimiento desde el cual la narración encontró su punto de apoyo y saltó hasta la estratósfera.

Conforme avanzaba, los caracteres cobraban forma, la trama se complicaba y surgía por fin la historia, que empezó a acelerar su ritmo hasta llegar a límites delirantes.

El resultado hasta estos momentos (en los que estoy terminando el penúltimo capítulo) es el que busqué desde un principio: Retorno 2012 o Cómo sobrevivir a una invasión de zombis es una película de clase B literaria.

La novela es divertida, estrafalaria, irreverente, delirante y cutre. Hay acción, misterio, terror, sangre, romance, sexo y zombis, políticos, narcos, sicarios, policías, espías.

Estoy por terminar la novela y me espera la tarea más dura. Falta la revisión y el montaje final.

Mi nueva fecha límite es el próximo día 28 de diciembre, cuando la novela la pondré a disposición de todos. Así que pronto tendrán noticias frescas.

Por otro lado, el hecho interesante que quería comentar es el siguiente: en todo este tiempo en el que he estado inmerso en tierra de zombis he perdido contacto con el mundo exterior, cotidiano.

Prácticamente no he leído periódicos ni visto o escuchado noticieros. Y, ¿saben qué? El mundo se tranquilizó.

Con esto quiero decir que el mundo se hizo un lugar más amable, las personas más humanas y el ambiente pareció deshacerse de la esencia del miedo.

Sabía que allá afuera, mientras yo luchaba con zombis, otros luchaban con narcos o con extorsiones o con secuestros o con robos o con accidentes o con desastres naturales o provocados.

Lo sabía pero no tenía miedo, porque me había quitado de encima esas anteojeras que nos ponen los medios de comunicación, los cuales nos obligan a ver al mundo de una manera concentrada, miope.

No estoy diciendo con esto que debemos centrarnos en nosotros mismos e ignorar lo que sucede a nuestro alrededor. Existen cosas malas o feas que suceden todos los días.

Pero los malditos medios nos presentan esas cosas malas o feas como si la realidad estuviera hecha exclusivamente de ellas, lo cual es una enorme falsedad.

Una vez que termine de escribir y publicar la novela en Internet voy a pensar muy seriamente si seguiré cayendo en el juego del miedo de los medios o mejor me preparo para la próxima invasión zombi que tendrá lugar en abril 2011.

Y tú, ¿estás preparado? 

11/27/2010

Trabajo en proceso IV

Faltan cuatro días para que den las 12 de la noche del 30 de noviembre y se cumpla el plazo de escribir una novela de 50,000 palabras.

Al día de hoy, sábado 27 de noviembre, llevo escritas 48,123 palabras, por lo cual sólo me restan 1,887 palabras más, las cuales espero terminar de escribir a más tardar el día de mañana.

En otras palabras, voy a terminar dos días antes del plazo que me había propuesto. Pero eso no es todo: mi novela va a rebasar la cifra de 50,000 palabras.

Hace una semana, me sentía desanimado. Tenía un faltante de casi 6,000 palabras y me parecía que no valía la pena seguir acumulando basura. Constantemente me topaba con callejones sin salida en la narración de los que me parecía imposible salir. Pensé más de una vez abandonar tan absurdo proyecto.

Pero entonces sucedió una cosa curiosa: me encontré con la historia. Esto es, aquella basura de palabras que había venido acumulando durante dos semanas por fin encontró un sentido. Desde ese momento, la narración avanzó hacia delante, incontrolable; los personajes principales adquirieron peso, forma, profundidad; la historia sentó sus bases y pude a partir de ahí empezar a escribir ya no una simple novela-basura, sino una novela, a secas.

¡Por supuesto que la novela aún contiene elementos absurdos, inconsistencias y errores varios!, no ha habido tiempo de revisar lo escrito, de pulir el estilo. Retorno 2012 es como una de esas canciones de blues sin adornos, básica, con sólo una guitarra y la voz.

Es una novela pulp en su esencia más básica: cruda, absurda, delirante. No aspira a ganar ningún premio literario, ni siquiera a considerarse literatura.

Retorno 2012 cuenta una historia cuyo único propósito es divertir, entretener.

48,123 palabras, 117 páginas, 12 capítulos y aún está en proceso. Porque no voy a acabar el día de mañana, cuando sólo terminaría de completar las 50,000 palabras.

No sé cuánto más se alargará la novela, porque ya dejé de pensar sólo en el número de palabras y he pasado a pensar en la historia.

Cuando la termine, la subiré a Internet para que todo el que la quiera leer pueda hacerlo.

Entonces es cuando podré darme cuenta de si realmente valió la pena el esfuerzo.

Yo creo que sí. Les toca a ustedes, mis lectores, refutarme.

11/20/2010

Trabajo en proceso III

Bueno, según el calendario, al día de hoy debería de llevar 33,333 palabras y calculo que llevo un atraso de unas 5,000 palabras. Como lo señalé en el post anterior, esto de acumular palabras no es lo mío.

Los motivos del atraso que llevo son varios. En primer lugar, está el hecho que soy un empleado y debo cumplir con mi trabajo. Además, como dice el refrán: el horno no está para bollos. No puedo ir con el Director de la empresa y decirle “Ya no me den más trabajo. Estoy escribiendo una novela de zombis y por estar realizando mis funciones aquí ya tengo un atraso de 5,000 palabras.”

Otra de las razones del atraso se deriva de la anterior. Desde principios de los noventa del siglo pasado he utilizado computadoras para realizar mi trabajo. Cerca del 90% de mi tiempo de trabajo lo paso ante un monitor de computadora. Aunque esta forma de trabajo tiene sus ventajas (acceso directo a Internet, comunicación instantánea, incremento de la productividad, etc.) la realidad es que cansa mucho la vista.

Así que cuando llego a la casa dispuesto a avanzar en mi extraordinaria aventura de zombis me encuentro con que simplemente no deseo pasar más tiempo delante de un monitor.

Entonces, ¿por qué no escribo a mano?

Debo de confesar que me fascina escribir a mano. Mis mejores escritos han resultado de esta forma de escribir. Además, el escribir a mano te permite involucrarte más en la narración, da mayor espacio a la reflexión y te hace consciente de que estás escribiendo, cosa que paradójicamente no sucede frente a una computadora.

El problema de escribir a mano es que es un proceso más lento y lo que yo necesito en estos momentos es rapidez: si quieres escribir una novela de 50,000 palabras en sólo treinta días necesitas ser rápido.

En un principio, como ya lo comenté en post anteriores, la rapidez me molestó. Sentía que no sólo acumulaba palabras sin sentido, sino que estaba acumulando de basura.

He estado a punto de abandonar este absurdo proyecto en más de una ocasión. Sin embargo, poco a poco he llegado a comprender que la acumulación de basura no tiene que ser por fuerza algo malo.

Retorno 2012, mi novela-basura que hace la crónica de la invasión de zombis a México que tendrá lugar en los próximo dos años, realmente está resultando muy divertida.

En mi ansia por hacer una novela realista de un tema tan fantasioso, he tomado todos los miedos del México actual, los he mezclado con el ambiente de “sospechosismo” propio de los mexicanos y las teorías conspirativas y los he vertido en la narración.

En este momento del proyecto, he metido a los gringos al enjuague y Margarita Zavala, nuestra Primera Dama, vaga por las calles del centro del Distrito federal convertida en zombi, atacando asilos de ancianos.

Créanme, la historia está bastante loca y divertida.

Vuelvo a invitar a todos aquellos que deseen conocer cómo va la historia de Retorno 2012 que me escriban a jaimegyg@gmail.com para que les mande el primer capítulo.

Hasta ahora sólo he recibido una petición.

Recuerden, leer Retorno 2012 no sólo cuestión de entretenimiento: les puede salvar la vida cuando se presente la invasión.

Ustedes deciden. 

11/13/2010

Trabajo en proceso II

Bueno, pues aquí estoy de nuevo, en mi segunda semana de escritura de mi novela- basura Retorno 2012.

¿Qué les puedo decir? Primero que nada, eso de acumular 1,667 palabras por día y escribir “al vuelo” no es mi fuerte. Estoy escribiendo de una manera completamente distinta a lo que estoy acostumbrado.

Durante algún tiempo, allá por los años veinte del siglo pasado, entre los escritores  empezó a surgir una idea que en ese momento se consideró revolucionaria: abandonar la rigidez de una construcción rígida de la novela para dar paso a lo que se llamó la “escritura automática”, tan cara para los surrealistas.

El propósito principal era “liberar” a la escritura de sus cadenas para dar paso a una narración lírica y lúdica al mismo tiempo, que no estuviera sujeta a convencionalismos estéticos tan banales como, por ejemplo, los signos de puntuación.

El resultado de ésta experimentación (que se extendió hasta finales de los años sesenta del siglo pasado y que también afectó al cine) fue, salvo contadas excepciones, un rotundo fracaso: en vez de tener novelas cuyo lirismo se tradujera en una nueva y renovada expresión estética, se tenían novelas en las cuales la ausencia de trama y la insipidez de los caracteres evidenciaban los esfuerzos del escritor por conseguir un efecto liberador. En otras palabras, el escritor se sobreponía a la novela.

Lo que ignoraban (o simplemente, evitaban) aquellos escritores “experimentales” es el hecho, en apariencia paradójico, de que entre más rígida sea la construcción de la novela, más libertad tiene la narración. La presencia del escritor, su esfuerzo por narrar, simplemente pasa desapercibida.

El resultado final es una novela de esas que disfrutamos como si fuera la vida misma: Guerra y Paz, de Tolstoi; La montaña mágica, de Thomas Mann, son sólo dos ejemplos de ello.

Durante las dos últimas semanas he estado escribiendo sin tener un marco de referencia rígido, lo cual ha ocasionado que llegue a verdaderos callejones sin salida, de los cuales sólo he podido escapar a base de clichés y lugares comunes.

¡Si vieran la sarta de tonterías que he escrito! Ahora me explico el por qué la mayoría de los periodistas que escriben artículos de opinión diariamente en los periódicos tienen un nivel tan pobre de expresión.

Otra cosa que me he dado cuenta en estas dos semanas de acumular palabras (al día de hoy tengo un faltante de 3,025 palabras) es de que, o bien no tengo seguidores en mi blog, o a todos mis seguidores mi novela-basura les importa un comino.

Para salir de dudas los vuelvo a invitar a que me manden un correo a jaimegyg@gmail.com  para mandarles a su vez el primer capítulo de Retorno 2012.

Créanme, sus comentarios me pueden ayudar bastante. Ahora mismo he decidido aprovechar el “puente” para cambiar de estrategia y conseguir que para el 30 de noviembre de 2010 la crónica de la invasión de los zombis a México esté terminada.

11/06/2010

Trabajo en proceso I

Bueno, pues aquí estoy: 1,392 palabras por debajo de mi cuota de 1,667 palabras por día, durante cada uno de los treinta días de noviembre, hasta juntar las 50,000 que formarían el cuerpo de mi novela.

Claro que no se trata sólo de acumular palabras. De haber sido así, seguiría el sistema de Jack Torrance en The Shining, de Stephen King. ¿Lo recuerdan? Sólo tendría que repetir la misma frase página tras página hasta conseguir mis 50,000 palabras.

Pero no, me propuse terminar una novela de 50,000 palabras que fuera coherente y que, sobre todo, no fuera únicamente basura.

Con eso en mente, realicé un apresurado borrador en el que utilicé uno de los consejos que daban los del National Novel Writing Month: “mantén bajas tus expectativas”.

¿Y qué mejor manera de mantener bajas mis expectativas —me dije— que escribir una historia de monstruos? Así que aquí me tienen, escribiendo una novela de zombis.

Ahora sé que no fue una decisión sensata, ya que, como nunca he creído ni me he interesado por los zombis (ni por los vampiros ni por los hombres lobo ni por los fantasmas) resulta que no sé nada de zombis. Fuera de algunas referencias externas, todo lo que pongo de zombis en mi novela me lo he tenido que inventar.

Empecé a escribir mi novela el lunes pasado con muy poca fortuna, ya que me agripé el viernes y el domingo tuve que asistir a un evento relacionado con mi trabajo. Así que el lunes me sentía como… zombi.

Pero empecé a escribir y a escribir y a escribir. Aprovechaba cada tiempo muerto en mi trabajo para adelantar unas líneas y llegado a la casa le seguía. Sin embargo, no me dediqué de lleno a la tarea, ya que me había propuesto no abandonar mis actividades cotidianas por completo. Así que también leí un poco y pasé un rato con mi familia.

Los primeros cuatro días cumplí con mi cuota de 1,667 palabras, pero ya para el jueves empecé a retrasarme un poco. El problema es que estaba escribiendo con un método por completo opuesto a mi método de escritura habitual.

Cuando escribo un cuento, por ejemplo, hay todo un proceso de reflexión antes de ponerme a escribir un borrador, el cual cuenta con todos los elementos (principio, medio y final) y una descripción general de cada escena involucrada.

Aquí no había nada de eso. El borrador que había hecho sólo me servía como una guía muy pobre, como si estuviera en Moscú tratando de interpretar un mapa de la ciudad con caracteres en alfabeto cirílico.

Lo peor de todo es que conforme avanzaba me estaba dando cuenta de que no estaba escribiendo sino basura, ya que no había tiempo para efectuar una corrección, ni de estilo ni de forma.

Pero esto no me frustró. Al contrario, sentí una especie de placer culpable al estar escribiendo sin una guía, sin rumbo, sin un destino determinado.

Avanzaba igual que los personajes del libro: a tientas. Cuando parecía que había llegado a un callejón sin salida, el deseo de seguir avanzando, de contabilizar palabras, me permitía vislumbrar una brecha en la trama y por ahí me lanzaba.

Así, voy creando conforme avanzo. La narración hasta el momento (estoy por terminar el segundo capítulo) yo la considero basura, aunque me queda la esperanza de que pueda ser reciclable. Además, puede ser cualquier cosa menos aburrida. Está tan llena de clichés y de lugares comunes que resulta muy divertida

Como lo mencioné en el aviso de la semana pasada, quiero que estas crónicas sean también interactivas. Así que, quienes se interesen en conocer mis avances, sólo tienen que mandarme un correo a jaimegyg@gmail.com y yo les mandaré el primer capítulo de Retorno 2012.

Pueden hacer las críticas que deseen o proponer alternativas.

Todo se vale en un país invadido por zombis.

Nos vemos aquí el próximo día 13 para seguir comentando.